
Cómo gestionar grupos difíciles siendo monitor: técnicas reales y casos prácticos
Llevas semanas preparando el campamento. Has repasado las actividades, conoces el reglamento de memoria y tienes las ganas a tope. Pero llega el primer día y ahí está: el niño que contesta mal desde el minuto uno, el grupo que no para de protestar por la comida, la niña que llora sin parar porque echa de menos a su madre, o el pequeño líder negativo que arrastra al resto hacia cualquier desmadre.
Nadie te lo dijo así de claro en ningún manual, ¿verdad?
Gestionar un grupo difícil es, sin duda, uno de los retos más grandes que enfrenta cualquier monitor y una de sus funciones más importantes.
No importa si llevas una semana o cinco años en esto: siempre aparece alguna situación que te pilla con el paso cambiado. Por eso hemos querido escribir esta guía: no para darte respuestas perfectas (no existen), sino para darte herramientas reales que funcionan sobre el terreno.
En Eduma llevamos más de 50 años organizando campamentos y más de 35 años formando monitores a través de nuestra escuela y nuestros cursos intensivos oficiales. En todo ese tiempo hemos visto prácticamente de todo.
Y una de las cosas que más valoramos de nuestra forma de enseñar es que el curso intensivo se hace en un campamento real, con niños de verdad. Eso significa que los monitores en formación no aprenden los casos difíciles en papel: los viven, los gestionan y los reflexionan en el momento. Esa diferencia es enorme.
Lo que tienes a continuación es el resultado de décadas de experiencia acumulada, errores cometidos, aciertos repetidos y mucha observación directa.
Antes de hablar de casos: la mentalidad lo cambia todo

Antes de entrar en situaciones concretas, hay algo fundamental que vale la pena decir: la manera en que tú te posicionas mentalmente frente al grupo es determinante. No es psicología de autoayuda; es algo muy práctico.
Los niños, y sobre todo los adolescentes, tienen un radar muy fino para detectar si un adulto está seguro de sí mismo o no. No necesitan que seas perfecto, pero sí que seas consistente. Que digas lo que haces y hagas lo que dices. Que cuando marques un límite, lo sostengas. Y que cuando te equivoques, lo reconozcas sin dramatismo.
Muchos monitores novatos cometen el mismo error: intentar caer bien. Quieren que los niños los vean como el amigo guay, el monitor mola, el que no se pone pesado con las normas. Y eso funciona… aproximadamente dos horas. Después el grupo empieza a tomar el control.
La relación que necesitas construir no es de colega, es de referente. Alguien que les da confianza, les pone límites con naturalidad y les hace sentir que están en buenas manos. Esa es tu función y es lo que los niños realmente necesitan, aunque no lo pidan así.
Tres principios que deberías tatuarte (metafóricamente)
Las situaciones más comunes (y cómo afrontarlas)
1. Faltas de respeto: cuando un niño se pasa de la raya contigo
Es una de las situaciones que más descoloca a los monitores, especialmente a los que empiezan. Estás explicando algo y de repente un niño suelta un comentario despectivo, te contesta con mala cara o directamente te dice que tú no le mandas.
El impulso natural es reaccionar de inmediato y con contundencia. Pero ese impulso no siempre es la mejor opción.
Lo primero que hay que hacer es no darle al incidente más escenario del que ya tiene. Si corriges al niño delante de todo el grupo en caliente, estás convirtiendo ese momento en una disputa de poder pública. Y en una disputa pública, el niño que falta al respeto siempre gana algo: la atención del grupo.
Una técnica que funciona muy bien es la “pausa breve con contacto individual”. En el momento, puedes decir algo corto y tranquilo —”eso no está bien dicho, luego hablamos tú y yo”— y continúas con lo que estabas haciendo. No pasa nada, no se hunde el mundo. Después, en privado, tienes la conversación de verdad: qué pasó, por qué lo dijo, cómo quieres que sea la relación entre los dos de ahora en adelante.
Esa conversación privada tiene mucho más impacto que cualquier bronca pública. El niño no tiene que defender su imagen delante de nadie, y tú tampoco. Es un momento donde puede pasar algo real.
Algunos ejemplos reales:
- En un campamento de verano, un chico de 13 años le dijo a su monitor “esto es una mierda y tú no sabes hacer nada” delante de todo el grupo, en medio de una actividad de orientación. El monitor, en lugar de estallar, respondió tranquilamente: “Vale, nos lo contamos luego” y siguió adelante. Al final de la tarde habló con él a solas. Resultó que ese niño tenía una situación compleja en casa y había hablado con sus padres. No tenía nada que ver con el monitor. La conversación derivó en algo completamente distinto a una reprimenda.
- “Yo te pago para que hagas lo que yo quiera”. Con sus variantes, el mensaje es el mismo. Conviene aclarar lo más pronto posible y de forma firme que él no ha pagado nada, que han sido sus padres y que lo que han pagado es para que conviva en las normas y condiciones que el campamento ha puesto. Esta aclaración suele cortar de raiz este tipo de comentarios que buscan minar la autoridad.
No siempre sale así, claro. Pero muchas veces sí.
👉Ahora bien: hay límites que no se negocian. Si la falta de respeto es grave, repetida o va dirigida a compañeros del grupo de forma hiriente, hay que actuar de forma más firme y, si es necesario, escalar al coordinador. No todo se resuelve con empatía y paciencia; a veces hay que poner consecuencias claras.

2. Problemas con la comida: el campo de batalla cotidiano
La hora de la comida en un campamento puede ser un momento de convivencia estupendo o una pesadilla logística y emocional. Los niños que no quieren comer, los que se quejan de todo lo que hay en el plato, los que directamente se niegan, los que utilizan la comida como forma de llamar la atención o de negociar poder…
Lo primero que hay que entender es que los problemas con la comida raramente son solo sobre la comida. En muchos casos hay detrás hábitos aprendidos en casa, fobias alimentarias reales, ansiedad o simplemente el mecanismo más accesible que tiene un niño para sentir que controla algo en un entorno nuevo.
La regla de oro es no convertir la comida en una batalla de voluntades. “Te quedas aquí hasta que te lo comas todo” es una frase que genera más problemas de los que resuelve. No ayuda al niño a comer, aumenta su angustia y convierte la hora de la comida en algo negativo para todo el grupo.
Algunas pautas que funcionan bien en la práctica:
Antes de que empiece el campamento, es indispensable tener información sobre alergias, intolerancias y aversiones importantes. Hay niños con necesidades reales que no son “manías”. Eso hay que tenerlo muy claro desde el primer momento y coordinarlo con el equipo de cocina.
Para los niños que simplemente son “quisquillosos”: normalizarlo sin dramas. No es una emergencia. Asegúrate de que comen algo, aunque no sea todo lo del plato. Se abre un proceso de negociación de “mínimos” en el que hay que tener criterio.
Evita hacer comentarios públicos sobre lo que come o no come (“mira, Marcos otra vez sin comer el pescado”) porque eso solo refuerza el comportamiento y avergüenza al niño.
Los juegos en la mesa, las conversaciones, crear un ambiente agradable y sin tensión, ayuda más de lo que parece.
Muchos niños que en casa no comen ciertos alimentos los prueban en el campamento simplemente porque el contexto es diferente, por imitación (el grupo los come), y no hay un adulto mirándoles fijamente el plato.
👉Si un niño lleva más de un día sin comer bien y hay señales de que algo no va bien emocionalmente, es importante comunicarlo a los coordinadores y, si procede, hablar con las familias.

3. El niño que no quiere participar
Está ahí, en la esquina, con los brazos cruzados. Todo el mundo está jugando y él no. O ella. Miras y piensas: ¿lo fuerzo? ¿Lo dejo? ¿Qué hago?
La respuesta depende del contexto. Hay que distinguir entre el niño que:
Para los dos primeros casos, lo que mejor funciona es no presionar, acercarte de manera natural, sentarte un momento a su lado y hablar de otra cosa. No de la actividad, no de por qué no participa. Simplemente estar. A veces en cinco minutos el niño se levanta y se suma por su cuenta.
Si es miedo al ridículo, busca una manera de que pueda entrar con un rol más cómodo: ayudarte a ti, hacer de árbitro, tener una función específica donde no quede tan expuesto. Las actividades tienen mucha más flexibilidad de lo que parece si la buscas.
Para la no-participación como protesta, la gestión es diferente: aquí sí hay que poner límite, pero sin hacer de ello un drama. Un “puedes ver la actividad un rato, pero después te unes” dicho con naturalidad y sin negociar demasiado es suficiente en la mayoría de los casos.
La idea es que no consiga la atención al hacer boicot, se quede fuera y se aburrirá y luego le das una forma de volver a entrar de forma natural.
4. El nostálgico: el niño que llora
Sobre todo en los primeros días, y más en los más pequeños, la morriña puede ser intensa. Niños que lloran en silencio por las noches, que dicen que les duele la tripa (y no es exactamente mentira: la ansiedad se siente en el cuerpo), que piden llamar a sus padres cada hora o que directamente dicen que quieren irse a casa.
👉Si después de dos o tres días el niño sigue sin poder funcionar con normalidad, es importante comunicarlo a los coordinadores para evaluar si hay que contactar con la familia.
5. El líder negativo: el niño que arrastra al grupo hacia el caos
En casi todos los grupos hay uno. Un niño con mucho carisma y energía que, en lugar de usarlos para construir, los usa para dinamitar. Es el que convence a los demás de no hacer caso, el que monta el numerito cuando toca silencio, el que ríe con el que falta al respeto.
El error más habitual con este perfil es convertirlo en el enemigo público del grupo. Cuanto más lo enfrentas abiertamente, más se consolida su rol de rebelde y más lo admiran los demás. Es un bucle complicado.
La estrategia que mejor funciona es la llamada cooptación: darle ese liderazgo de forma explícita y en positivo. Reorientar la atención hacia algo tipo “Necesito que me eches una mano con esto” o “eres bueno para organizar a la gente, ¿puedes encargarte de…?” Se trata de canalizar esa necesidad de atención en algo que sea constructivo. No siempre funciona al cien por cien, pero sí reduce mucho la interferencia.
Paralelamente, las conversaciones individuales son clave. Muchos líderes negativos son niños que no saben cómo ganarse el respeto o ganar atención de otra manera, que en casa no tienen referentes de autoridad positiva o que simplemente nunca han sido tratados como alguien capaz de responsabilizarse de algo bueno.
6. Conflictos entre niños: peleas, exclusiones y grupos dentro del grupo
Los conflictos entre compañeros son inevitables en cualquier grupo que convive durante varios días. Peleas por objetos, discusiones sobre quién tiene razón, exclusiones, rumores, alianzas que se rompen… Es el ecosistema social normal de la infancia y la adolescencia (y de los adultos, aunque disimulemos mejor).
Como monitor, tu rol no es el de juez que dicta sentencia. Es el de facilitador que ayuda a las partes a entenderse. Esto es importante porque si siempre eres tú quien decide quién tiene razón, los niños no aprenderán a resolver sus propios conflictos.
Una estructura básica que funciona muy bien para conflictos entre dos niños es la siguiente: habla primero con cada uno por separado, deja que cada uno cuente su versión sin interrupciones. Después los junta, cada uno repite lo que ha dicho el otro (esto solo ya es revelador) y se busca conjuntamente qué puede hacer cada uno de manera diferente.
Las exclusiones dentro del grupo merecen atención especial porque pueden hacerse invisibles. Fíjate si siempre hay alguien que recibe los comentarios ácidos y mira bien en los ratos de tiempo libre si algún niño está solo habitualmente.
A veces basta con intervenciones sutiles en la dinámica del grupo: cambiar los equipos, proponer actividades donde los roles sean distintos a los habituales, crear momentos donde ese niño excluido pueda mostrar algo en lo que destaca.
Un ejemplo típico es el niño (o niña) que no juega bien al fútbol y todos los demás son muy futboleros. Seguro que encuentras otras actividades o deportes en los que no sea siempre el último en ser elegido. Eso acaba minando mucho la autoestima.
7. El niño que miente y manipula
Llega con un dolor de cabeza cada vez que hay una actividad que no le gusta. O dice que otro niño le ha pegado cuando no ha sido así. O te cuenta una versión de los hechos tan elaborada que casi te la crees.
Lo primero: no acuses nunca a un niño de mentir de forma directa y pública. Incluso si sabes que está mintiendo, un “a mí me ha llegado una versión diferente, cuéntame más” es mucho más efectivo que un duro y directo “eso no es verdad”.
Cuando el patrón se repite, hay que nombrarlo en privado: “He notado que cuando hay actividades de deporte te suele doler la cabeza. ¿Qué pasa con el deporte?”. Muchas veces detrás de la mentira hay algo real que el niño no sabe cómo decir directamente.
Y con los que manipulan usando a otros niños (el que convence a los compañeros de que digan lo que él quiere, el que crea alianzas para conseguir privilegios), la transparencia grupal es una buena herramienta. Sin señalar a nadie directamente, hacer reflexiones en grupo sobre qué tipo de convivencia queremos tener y qué comportamientos construyen o destruyen eso.

8. Problemas a la hora de dormir
Las noches pueden ser un caos. Niños que no quieren apagar la luz, que charlan hasta las dos de la mañana, que se levantan continuamente, que asustan a los pequeños con historias de terror, que aprovechan para hacer trastadas cuando creen que el monitor está dormido…
La hora de dormir tiene que tener un ritual claro y predecible. Los niños, incluso los adolescentes, se regulan mejor cuando saben exactamente lo que va a pasar. “A las 22:30 empezamos a ponernos el pijama e ir al baño, a las 23:00 silencio” y eso se cumple todos los días.
La primera noche puede ser más larga, pero si eres consistente, el grupo coge el ritmo. Hay que contar que son niños; nunca van a estar en silencio total a la hora indicada y que cierto margen de 10 o 15 minutos entra dentro de lo razonable. También hay días especiales (por ejemplo, si se hace vivac) en el que se da un poco más de margen por la naturaleza de la propia actividad.
Para los que no pueden dormir por ansiedad o morriña, tener un momento breve y tranquilo antes de apagar la luz (contar algo del día, hacer una pequeña reflexión, incluso un minuto de respiración con los más pequeños) ayuda a hacer la transición de la actividad al descanso.
👉 A los más pequeños, nosotros les ponemos un cuento y solo con estar escuchando caen fulminados a partir del segundo día.
Para los que se levantan continuamente, es importante averiguar por qué antes de frustrarte. ¿Le da miedo la oscuridad? ¿Tiene problemas físicos reales (incontinencia, dolor)? ¿Está buscando atención? La respuesta varía mucho según el caso.
El descanso del monitor y del resto del equipo.
👉NO PODEMOS estar todas las noches sin dormir, también necesitamos descansar. Es importante que eso sea explicado abiertamente y no sea negociable. Una cosa es dormir menos porque hay un problema de salud o similar y otro bien distinto, es no dormir porque los niños tienen ganas de hacer tonterías. Si bien es cierto, que a partir del segundo o tercer día el agotamiento hace mella y se reducen estos conflictos.
9. El niño hiperactivo o con dificultades de atención
No todos los niños que se mueven mucho, interrumpen o se despistan tienen un diagnóstico. Pero sí hay niños para quienes el formato de muchas actividades de campamento es difícil: tiempo de escucha largo, instrucciones complejas, esperas, turnos…
Algunos ajustes simples ayudan enormemente: darle a ese niño un rol activo durante las explicaciones (que ayude a repartir material, que sea el que da la señal de inicio, que tenga algo en las manos), hacer las instrucciones más cortas y visuales, permitirle moverse dentro de lo posible.
Si hay un diagnóstico conocido, los padres suelen haberlo comunicado en la ficha de inscripción. Infórmate bien antes del campamento y si hay medicación implicada, coordínalo correctamente con el equipo de salud del campamento.
👉Es frecuente que niños con TDAH les retiren la medicación durante el verano para que descansen. No suele ser buena idea en un campamento, que ya de por sí trastoca la rutina, horarios y costumbres de todos.
10. Comportamientos violentos, peligrosos o que ponen en riesgo a otros
Esto merece un apartado propio aunque sea breve: hay situaciones en las que no hay margen para técnicas ni para pedagogía. Si un niño tiene un comportamiento que pone en riesgo su integridad o la de otros —ya sea física o emocionalmente— hay que actuar de inmediato e informar a los coordinadores sin demora.
Hay situaciones, afortunadamente excepcionales, en los que deben tomarse medidas o contemplarse la expulsión del campamento. De hecho la negligencia o no intervención puede acarrear consecuencias de responsabilidad civil.
No es un fracaso tuyo como monitor escalar una situación. Es exactamente lo que se espera de ti.
Técnicas generales que funcionan con casi todos los grupos
El contrato de convivencia
Uno de los recursos más potentes, especialmente con grupos de 10 años en adelante, es construir las normas de convivencia junto con ellos el primer día. No dictarlas: construirlas. ¿Qué tipo de campamento queremos tener? ¿Cómo queremos que nos traten? ¿Qué comprometemos cada uno?
Cuando las normas las han creado ellos, la responsabilidad de cumplirlas también es de ellos. Cuando alguien se salta una norma, puedes apelar al “recordad que vosotros dijisteis que…”. Cambia completamente la dinámica.
También puede servir para reconducir a un grupo que no ha empezado con buen pie.
El reconocimiento específico
No el “muy bien” genérico que no significa nada. El reconocimiento concreto: “Marcos, he visto cómo has esperado tu turno antes cuando en otra situación no lo habrías hecho. Eso es un cambio importante”.
Esto tiene mucho más impacto en el comportamiento que cualquier castigo, y es especialmente efectivo con los niños que más problemas generan, que suelen ser los que menos reconocimiento positivo reciben.
Las consecuencias naturales y lógicas
Las consecuencias más efectivas son las que tienen relación directa con el comportamiento. Si alguien estropea algo del campamento, participa en repararlo. Si alguien no respeta el turno de limpieza, hace el turno de limpieza que les correspondía a otros. No como humillación, sino como lógica natural de convivencia.
👉Las consecuencias que no guardan relación con el comportamiento (quedarse sin postre porque has gritado en una actividad) son arbitrarias y no enseñan nada, solo generan resentimiento.
El humor bien usado
El humor puede desactivar una situación tensa en segundos. Pero tiene que ser humor que une, no que señala. Nunca el sarcasmo hacia un niño, nunca la burla aunque sea suave. Sí el humor sobre la situación, sobre el propio monitor, sobre lo absurdo del momento.
Cambiar el contexto antes de cambiar al niño
Muchas veces un comportamiento difícil tiene que ver con el entorno, no solo con el niño. Un grupo que lleva tres horas en actividades sentadas va a explotar. Un niño que lleva todo el día junto a otro con quien tiene tensión va a acabar en conflicto.
👉A veces la solución más rápida no es intervenir sobre el comportamiento sino cambiar algo en el contexto: hacer un descanso, redistribuir los grupos, cambiar el ritmo.
Cuándo pedir ayuda y por qué no es un fracaso

Una de las cosas que más cuesta a los monitores, especialmente a los más jóvenes, es reconocer que una situación les supera y pedir ayuda al coordinador o a otro monitor con más experiencia. Hay una presión implícita de “tengo que poder con esto yo solo”.
👉Eso es un gran error de perspectiva.
Los coordinadores están ahí precisamente para eso. No estás fallando cuando pides apoyo; estás haciendo exactamente lo que se espera de un profesional responsable.
Hay situaciones que un monitor solo no puede ni debe gestionar: comportamientos graves y repetidos, niños que pueden necesitar apoyo psicológico, conflictos que implican a varias habitaciones o tiendas, cualquier situación donde haya riesgo físico o emocional serio.
La regla práctica es sencilla: si has intentado las herramientas que tienes dos o tres veces y la situación no mejora o empeora, es el momento de informar al coordinador. Cuanto antes, mejor. Los problemas que se dejan crecer son mucho más difíciles de gestionar.
En cualquier organización seria se hacen reuniones diarias para evaluar y comentar el desarrollo del día. Comentalo desde el primer momento.
Lo que el campamento enseña que el aula no puede
Hay algo que quienes llevamos décadas en esto sabemos bien: las situaciones difíciles son, paradójicamente, las que más hacen crecer tanto a los monitores como a los niños.
El niño que al principio era el terror del grupo y que al final de la semana tiene su primer momento de conexión real con un compañero. El monitor que en el primer día se sintió completamente desbordado y que en el último entiende algo sobre sí mismo que no sabía. Eso pasa. Y pasa más de lo que imaginas.
En Eduma hemos tenido la suerte de verlo repetirse durante más de 50 años. Y cada año reafirma lo mismo: los grupos difíciles no son un problema a evitar. Los conflictos son una oportunidad de que ocurra algo importante.
Para eso hay que estar preparado. Y esa preparación no solo viene de leer artículos como este, sino de pasar tiempo real en campamentos reales, con niños reales, aprendiendo sobre la marcha con el apoyo de profesionales experimentados a tu lado. Que es exactamente la filosofía que llevamos más de 35 años aplicando en la formación de monitores en Eduma.
Resumen: lo que te llevas de aquí
Gestionar grupos difíciles es una habilidad. No un don con el que se nace. Se aprende, se practica y se mejora con el tiempo y con las herramientas adecuadas. Lo que hemos visto en estas páginas se puede resumir en unos pocos principios que vale la pena recordar:
Y, sobre todo, recuerda que detrás de cada grupo difícil hay niños que, en el fondo, solo quieren sentirse seguros, vistos y parte de algo. Tu trabajo es crear ese espacio para ellos. No es fácil. Pero cuando sale bien, no hay nada comparable.
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