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Cuando la infancia empieza a dejar de ir de campamento: la transformación silenciosa de una experiencia educativa

Hay transformaciones sociales que no aparecen en los titulares, pero que se perciben con claridad desde el terreno.

Una de ellas lleva años desarrollándose ante los ojos de quienes trabajamos con niños y jóvenes en el tiempo libre: los campamentos de verano con pernocta siguen existiendo, siguen llenándose, pero los niños que llegan a ellos son cada vez más mayores.

Lo que durante décadas fue una experiencia habitual de la infancia media —irse una semana de casa con ocho o nueve años, dormir en literas con desconocidos, olvidarse del cargador del móvil porque todavía no existía— se ha convertido en una experiencia que muchos niños y niñas viven por primera vez con once, doce o incluso catorce años.

Los datos del Observatorio Eduma sobre campamentos con pernocta (2015-2025) lo confirman con claridad: el grupo de 6 a 8 años ha perdido presencia sostenida en la última década, mientras el tramo de 15 a 17 años ha crecido de forma notable.

De 6 a 8 años en 2015 (10,2% de los participantes) a 2025 (3,3%). El grupo de 15 a 17 años ha pasado del 19,9% en 2015 al 32,8% en 2025.

Este artículo no pretende hacer diagnósticos alarmistas. Pretende, desde una mirada pedagógica y sociológica, entender qué hay detrás de ese desplazamiento.

Y si hay algo que treinta años acompañando generaciones de campistas me han enseñado, es que cuando cambia el momento en que un niño vive algo, no cambia solo el cuándo. Cambia el qué aprende y el para qué le sirve.


Primero, una aclaración necesaria: no todos los campamentos son lo mismo

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Antes de analizar la transformación, hay que nombrar un problema conceptual que complica cualquier lectura del sector. Hoy se está llamando “campamento”, por cuestiones de marketing, a realidades muy distintas.

Una escuela de verano en un colegio de ciudad, un programa de idiomas de tarde, un campus deportivo de jornada partida o una semana de convivencia en la montaña comparten el mismo término pero no comparten el mismo impacto educativo que los campamentos de verano.

Esto no es una crítica a unas opciones en favor de otras. Es una distinción necesaria.

El campamento residencial —el que incluye pernocta, grupo estable, equipo educativo permanente y separación temporal del entorno familiar— genera un tipo de aprendizaje que no se produce cuando el niño vuelve cada tarde a su casa. No porque los monitores sean mejores o peores. Sino porque la situación en sí misma es diferente.

👉 La pernocta no es un detalle logístico. Es el elemento que transforma la actividad en experiencia.

Cuando un niño de nueve años pasa diez días fuera, no tiene opción de delegar. Tiene que:

  • organizarse la mochila para la excursión aunque esté cansado
  • negociar quién duerme en la litera de arriba
  • pedir ayuda a un adulto que no es su madre ni su padre.
  • Tiene que esperar, tolerar, adaptarse.

Y en ese proceso, sin que nadie lo haya puesto en el programa oficial, está aprendiendo cosas fundamentales.


Una década de cambio: qué nos dice el Observatorio Eduma

Los datos del Observatorio Eduma sobre el analisis de las inscripciones (2015-2025) dibujan una tendencia que merece ser analizada con detenimiento. No solo el desplazamiento hacia franjas de edad más avanzadas, sino también la evolución del perfil del “campista primerizo”.

👉 La edad media de inicio en campamentos con pernocta ha aumentado de 8,2 a 12,1 años en una década, casi cuatro años de diferencia (tabla 1).

Ese desplazamiento de tres años en la primera experiencia puede parecer menor. No lo es. Entre los 8 y los 11 años ocurren cosas importantes en el desarrollo de un niño: se consolida la capacidad de gestión emocional básica, se afianza la tolerancia a la frustración, se construyen los primeros marcos de cooperación con iguales.

El campamento no crea esas capacidades de la nada, pero sí ofrece un contexto en que se ejercitan bajo cierta presión positiva, sin las consecuencias reales de la vida adulta.

Y en cuanto al extremo superior del rango, el dato es también revelador:

El adolescente quiere ir de campamento. Eso es importante decirlo porque contradice cierto imaginario colectivo según el cual “los mayores ya no quieren estas cosas”. La demanda existe. Lo que cambia es la función que el campamento cumple a esas edades, y sobre eso volveremos más adelante.


El contexto demográfico: menos niños, mismas plazas

Descenso de natalidad impacta en los campamentos de verano

Ningún análisis sectorial puede hacerse sin mirar el suelo sobre el que se construye. Y el suelo, en este caso, se está encogiendo.

España lleva más de una década con tasas de natalidad entre las más bajas de Europa.

  • En 2024, según el INE, nacieron 318.005 bebés en el país, lo que supuso un descenso del 0,8% respecto al año anterior, continuando la tendencia a la baja de la última década.
  • El número medio de hijos por mujer se ha reducido hasta 1,10, muy lejos del índice de reemplazo generacional de 2,1.
  • Ese mismo año, España registró 234.415 menores de 16 años menos que en 2021, con una reducción del 3,2% en solo tres años.

Menos niños no significa automáticamente menos campistas. Pero sí significa que el universo de familias potenciales es más reducido, que hay más familias con un único hijo y que, como veremos, eso tiene implicaciones directas en la decisión de enviarles o no a una experiencia residencial.

Además, es posible que una menor tradición familiar de campamentos esté reduciendo la transmisión generacional de esta experiencia. La lógica de “yo fui y quiero que mis hijos también vayan” que durante décadas alimentó la demanda del sector ya no opera con la misma fuerza.

El campamento ha dejado de ser una opción casi obvia para convertirse en una decisión que hay que buscar, valorar y justificar.


La paradoja digital: madurez aparente, autonomía práctica retrasada

Aquí está, en mi opinión, el nudo más interesante de todo este análisis.

Vivimos en un momento en que los niños parecen madurar antes en algunos sentidos. Tienen acceso a contenidos, estímulos y lenguajes que antes eran exclusivos de adolescentes y adultos.

  • Según datos de Kaspersky publicados en 2023, el 47% de los menores en España tienen su primer contacto con dispositivos conectados a internet antes de los 7 años.
  • El ONTSI (Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad) confirma que nueve de cada diez niños de 13 años ya disponen de teléfono móvil propio.
  • El gobierno español ha llegado a plantear en 2026 la prohibición del acceso a redes sociales para menores de 16 años, precisamente porque la preocupación por los efectos de esa exposición temprana es ya una cuestión de política pública.

Y sin embargo, al mismo tiempo, algunas experiencias clásicas de independencia práctica se están retrasando.


El retraso de experiencias de autonomía.

Hay algo que desde el trabajo directo con familias se percibe con claridad: una parte de los niños que llegan hoy a su primer campamento con once o doce años manejan TikTok con soltura pero no saben o les cuesta hacer la cama, jugar con compañeros en su tiempo libre, gestionar el conflicto con un compañero de habitación sin llamar a sus padres, o simplemente tolerar el aburrimiento de una tarde de lluvia sin pantalla.

No es un juicio moral. Es una observación pedagógica sobre qué tipo de aprendizajes ha tenido oportunidad de practicar ese niño antes de llegar.

Preparar una mochila para varios días. Adaptarse a una habitación compartida. Pedir ayuda a un adulto que no conoces. Esperar tu turno sin que te lo recuerden cuatro veces. Negociar quién se ducha primero. Estas son habilidades sencillas, cotidianas, pero profundamente educativas. Y no se aprenden en una pantalla ni en una actividad de dos horas.


El campamento según la edad: dos experiencias distintas

Diferentes edades y funciones en campamentos de verano con pernocta

Cuando trabajamos con niños de 7-10 años en un campamento, estamos ante una experiencia de descubrimiento. La mayoría está gestionando su primera separación real del entorno familiar.

No siempre es fácil: hay alguna noche difícil, algún momento de morriña, algún conflicto que parece enorme pero se resuelve antes del desayuno. Y en esa pequeña dificultad superada hay algo que se instala: la confianza propia. “Pude estar sin mis padres y me fue bien.”

Eso no lo da ninguna otra experiencia de manera equivalente.

Con los adolescentes la dinámica es diferente. A los 15 o 16 años, el campamento ya no es una primera separación: es un espacio de pertenencia. El grupo de iguales pasa a ser el centro.

La identidad se construye en relación con los otros. Se busca un lugar propio, se prueban roles, se crean vínculos que en muchos casos duran años. Es una experiencia de enorme valor, y los datos del Observatorio Eduma muestran que los adolescentes no solo repiten, sino que alargan sus estancias y consolidan una vinculación con el espacio del campamento que es genuina.

Ambas experiencias tienen valor. Pero no son intercambiables.

El primero gana en profundidad relacional. El segundo gana en la base sobre la que todo lo demás se construye.

Un adolescente que vive un campamento por primera vez a los 15 años aprovecha una experiencia social intensa. Un niño que vive su primer campamento a los 8 años puede estar, literalmente, construyendo una herramienta para toda su vida.

El problema no es que los adolescentes vayan al campamento. El problema es que algunos de ellos llegan sin haber tenido antes ninguna experiencia de autonomía real.


El factor económico: cuando la educación no formal se vuelve un privilegio

La inflacion dispara los costes de los campamentos de verano con pernocta
Fuente: 20minutos

No podemos mirar este fenómeno sin nombrar su dimensión económica. Y hacerlo con honestidad.

Organizar un campamento residencial de calidad es caro. Caro para los organizadores y caro para las familias.

En la última década, los costes estructurales del sector han crecido de manera sostenida. (ANEACAMP)

Esta presión supone que las asociaciones y empresas del sector, cada vez tienen menos posibilidad de asumir la redución de márgenes sin comprometer su viabilidad.

La inflación acumulada en España entre 2015 y 2024 ronda el 30-35% según los cálculos del INE, con picos especialmente pronunciados entre 2021 y 2023. Eso afecta directamente a la alimentación, las instalaciones, los seguros y, sobre todo, el personal educativo.

Mención aparte requiere el transporte, cuyos costes se han duplicado en apenas 5 años y que se enfrenta aun problema estructural de difícil solución.

El IPC acumulado 2015-2025 según INE — 29,9 %

La diferencia entre una actividad diaria y una experiencia residencial es importante, y no solo en términos pedagógicos. Para muchas familias de renta media o baja, el coste de una semana de campamento con pernocta representa un esfuerzo real. Y en un contexto de presión económica sostenida, esa decisión puede posponerse, reducirse o eliminarse.

Esto plantea una pregunta que el sector debería hacerse con más insistencia: ¿qué tipo de experiencia estamos dejando de facilitar cuando una familia no puede permitírsela? ¿Los costes nos llevan a que la primera experiencia de autonomía sea un bien solo accesible para quienes pueden pagarla?


No es una pregunta retórica. Es una cuestión de equidad educativa.

ANEACAMP, la Asociación Nacional de Empresas de Actividades y Campamentos, ha trabajado en los últimos años en el reconocimiento del sector como educación no formal con valor propio, incluyendo iniciativas para facilitar el acceso a estas experiencias.

Un bono de campamentos, similar a la actual Bono joven, podría ayudar a miles de familias.

No hablamos de vacaciones subvencionadas. Hablamos de inversión en educación. En convivencia. En naturaleza y en autonomía. Con aprendizajes que difícilmente se adquieren de otra manera.


La conciliación y el campamento: compañeros incómodos

Los campamentos de verano y la conciliacion familiar en vacaciones

El campamento cumplió durante décadas una doble función que a veces se menciona con cierta incomodidad: era educación y era conciliación. Muchas familias lo necesitaban para poder trabajar durante los meses de verano.

Hoy existen más alternativas para resolver esa necesidad: escuelas de verano, actividades urbanas, programas de jornada completa. Estas opciones han crecido de forma notable en la última década.

Por ejemplo, solamente tomando como referencia a la Comunidad de Madrid:

  • En 2015, la suma total de plazas públicas combinando ambas administraciones se situaba en torno a las 23.500 plazas
  • En 2025, El Ayuntamiento de Madrid ofertó un total de 41.574 plazas en sus campamentos municipales (escuelas de verano principalmente), mientras que la Comunidad de Madrid sumó más de 6.800 plazas distribuidas en sus programas deportivos y juveniles.

Estas soluciones responden a una necesidad real y tienen valor propio. Pero desde una perspectiva estrictamente pedagógica, no sustituyen la experiencia residencial.

Un niño que vuelve cada tarde a casa vive una realidad distinta al niño que durante diez días forma parte de una pequeña comunidad con sus propias normas, sus propios ritmos y sus propios conflictos.

No es una cuestión de calidad de las actividades. Es una cuestión de lo que la convivencia continua genera y ninguna otra actividad aporta.


Lo que nos dice la experiencia de campo: ejemplos concretos

En treinta años de trabajo directo con niños y jóvenes en campamentos, hay escenas que se repiten y que son más elocuentes que cualquier dato estadístico.

Recuerdo un niño de nueve años que llegó al primer día con una maleta tan grande que no podía cargarla solo, preparada por su madre con ropa perfectamente doblada y etiquetada. Al tercer día ya la abría él, elegía lo que necesitaba y la cerraba sin pensar. Ese niño no aprendió a ser autónomo en los talleres. Lo aprendió porque no había nadie más que lo hiciera por él.

Recuerdo también el contraste con adolescentes que llegaban por primera vez a los 14 o 15 años. Muchos de ellos vivían una especie de reaprendizaje acelerado durante los primeros días: no saber qué hacer con el tiempo libre no estructurado, la incomodidad inicial con el grupo, la dificultad para gestionar un conflicto sin la mediación de un adulto familiar.

No es que esos chicos no tuvieran capacidades. Es que no habían tenido ocasión de ejercitarlas antes.


Una reflexión para el sector: ¿adaptarse o también reivindicar?

El futuro de los campamentos con pernocta

El sector del ocio educativo lleva años adaptándose a los cambios que hemos descrito. Programas para adolescentes más elaborados, propuestas para familias más diversas, estructuras que encajan mejor con las necesidades actuales. Esa adaptación es necesaria y legítima.

Pero hay una pregunta que no debería desaparecer del debate: ¿qué experiencias necesita la infancia, con independencia de lo que la demanda pida en cada momento?

El mercado responde a lo que se solicita. La pedagogía debería también preguntar qué se necesita aunque no se haya pedido. Y desde esa mirada, hay razones sólidas para reivindicar que los niños pequeños tengan acceso a experiencias de autonomía real, no solo a actividades bien organizadas con vuelta a casa garantizada a las cinco de la tarde.

No se trata de romantizar el pasado. Se trata de que, en una sociedad donde la sobreprotección y la hiperpresencia parental son fenómenos reconocidos y documentados, la experiencia del campamento con pernocta puede ser uno de los pocos espacios donde un niño de ocho años todavía tiene que apañárselas solo.

Y eso, en términos de desarrollo, tiene un valor que no deberíamos perder de vista.


Conclusión: el campamento no necesita sobrevivir, necesita recuperar su función

Los campamentos de verano con pernocta no están en peligro de extinción. Están en un proceso de transformación que refleja cambios sociales profundos:

  • menos niños,
  • familias con nuevas dinámicas,
  • un contexto económico más exigente,
  • una infancia con mayor exposición digital,
  • menor práctica de independencia real.

Ese proceso puede llevar al sector hacia una especialización legítima en la franja adolescente. O puede ser también una oportunidad para reivindicar, con datos y con argumentos pedagógicos, el valor específico de que un niño de seis u ocho años tenga su primera experiencia de autonomía real.

Porque quizá el mayor valor de un campamento con pernocta no sea llenar dos semanas del verano. Quizá sea enseñarle a un niño que puede crecer un poco más lejos de casa. Y que cuando lo haga, le irá bien.

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¿Trabajas en educación, psicología o en el sector del ocio educativo? Comparte este informe con quien creas que debería conocerlo. Y si tienes datos propios que apunten en la misma o diferente dirección, nos interesa saberlo.

El informe completo incluye metodología detallada, tablas de datos, gráficos y análisis ampliado.

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Este artículo forma parte del apartado de Investigación y Análisis, complementario al informe psicológico sobre el Observatorio Eduma publicado anteriormente.

Israel Perez-Lorenzo

Pedagogo y profesional del ocio educativo, vinculado a los campamentos de verano desde la infancia. Director, coordinador y formador en más de un centenar de programas y actividades de tiempo libre. Más de 30 años de trayectoria profesional ligada a la educación en el tiempo libre.

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